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Además de rutina, diálogo

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Bajando la basura una mañana, a finales de marzo, me cruzo con el vecino de la primera planta que, nada más verme, y entablamos un diálogo: – ¿Aburrida? -. Le contesto: – En absoluto, tengo mucho trabajo -. Continúa él: – Pues, eres afortunada. Yo ya he dejado de levantarme temprano. En cuanto me despierto por la mañana pienso ¿para qué levantarse? -.

Oigo mi voz que comenta: -¡Muy buena pregunta! Y no solo en tiempos-covid -.

Vuelvo a mi casa. Entro a mi habitación y reanudo el estudio. La pregunta de mi vecino me ronda por la cabeza.

Efectivamente, me levanto por la mañana con cierta antelación para conectarme a las 8. Es un despertar sereno y decidido: necesito tenerlo todo listo porque las primeras tres horas son seguidas. Así que preparo mi escritorio con libros y libretas.

Delante de la pantalla me quedo esperando a mis alumnos. A medida que se van conectando empiezan los ‘buenos días’. Es evidente el bien que supone para todos (alumnos y profesor) tener una rutina. La misma rutina de la que tantas veces me he quejado, me resulta ahora un sostén: ordena la jornada, me permite seguir caminando, seguir pensando, estar activa, cuidar de las cosas y las personas, buscar nuevas ideas, atender y observar cuáles son las dificultades y cómo poder responder a ellas o, al menos, mirarlas a la cara. Me digo que quizá sea eso lo que mi vecino echa en falta: una razón para quitarse de encima el sueño, moverse y entrar en la jornada. Estoy muy agradecida.

No obstante, con el paso de las semanas, he podido observar que la rutina sólo no es suficiente. Lo veo en mí y sobre todo lo veo en cómo están los alumnos. Siguen conectándose, amables y educados, como antes. Pero veo disminuir en ellos la iniciativa. Eso que de forma tan misteriosa hace que ante una pregunta uno escoja arriesgarse y responder; ante un texto, un relato, un cuadro, un ‘algo-diferente-de-mí’, uno escoja preguntar para saber más, para conocer. El venir menos de ese “Betta, ¿por qué…?”, “Yo lo sé, es por…” o “Puede que sea porque…” genera en mí un vacío, una nostalgia. Y es cuando caigo en la cuenta de que la forma natural de todo es diálogo. Necesito de ese diálogo con ellos, los chicos. Eso es lo más querido de mi rutina: el diálogo pautado por el horario, los días, las asignaturas, los grupos, los teams, que tiene como terreno el mundo que estamos aprendiendo a conocer, un idioma – vivo o muerto que sea -, una obra, el hombre que está detrás de la obra y el pueblo que acompaña a ese hombre.

La indicación que recibo de mi nostalgia (¿qué echas en falta?) me permite descubrir qué completa la rutina: una tarea. ¿Cuál es mi tarea en el mundo? Presentarme cada mañana delante de la pantalla, con un arsenal de realidades preparadas en mis libretas y en mi cabeza (además ahora también en mi desktop), para despertar, facilitar, provocar la iniciativa de mis alumnos ante la realidad. Lo bonito de todo eso es ¿de dónde saco yo las energías para ser una propuesta continua? Una mañana de finales de marzo fue el encuentro con el vecino de la primera planta, porque estaba bajando la basura. Otros días fueron una lavadora, la cocina hecha un desastre, los de mi familia confinados en su habitación, etc.

Para despertar un diálogo en las clases necesito vivir en diálogo.

Bendita rutina.

Elisabetta Pellagatta – Profesora de Bachillerato