Estas Navidades he podido disfrutar de unos días en Viena con mi familia. Es una ciudad en la que se respira la afición por el arte escénico y, sobre todo, por la música. El centro neurálgico de la vida artística vienesa es la Staatsoper.  Este teatro de ópera ofrece más de sesenta obras diferentes al año y cambia su programa cada día, de manera que un mismo espectáculo nunca se repite dos días seguidos. A eso se le llama complicarse la vida y asumir riesgos; pero es que comodidad y excelencia, dejadez y belleza casan muy mal.

Por estas fechas, en el colegio, cada curso organiza una gran representación teatral: más de setenta actores, números musicales, guiones personalizados, decorados artesanales… Nuestro teatro no es el de Viena, pero desde luego, nos va el riesgo y complicarnos la vida. Y lo hacemos con gusto porque estamos comprometidos con lo bello y con lo bueno, que estos sí que casan bien. El teatro es el envoltorio del regalo que queremos que reciban nuestros alumnos: la verdadera libertad. A ella se llega a través de la verdad, la belleza y el bien, pues estos forman el trípode que la sostiene de forma madura y bien orientada.

Pero volvamos a Viena. Me llamaba la atención cómo allí,en el metro, no hay ningún control de entrada; sin embargo, nadie viaja sin billete. También me sorprendió que la Staatsoper ofreciera un quinto del aforo para espectáculos de altísima calidad a tres y cuatro euros la entrada (cierto que de pie). Son entradas pensadas para los jóvenes. Y los jóvenes responden aguardando sus dos horas de cola para conseguirlas. Pero no nos engañemos, esta sensibilidad cultural no es espontánea. Requiere esfuerzo, renuncia, una educación de la mirada que aprecia aquello que vale la pena, que sabe descubrir no solo lo bueno, sino lo mejor. El teatro ayuda, y mucho.

Ahora bien, el teatro no es el comienzo del camino. El primer escalón es la obediencia. Al principio, esta, como un andador, da su apoyo a una libertad vacilante. Sin embargo, a medida que el niño crece, las buenas decisiones han de ir brotando cada vez más de la propia iniciativa, hasta que, por fin, la voluntad sea movida de raíz por el esplendor de la verdad, que es la belleza, muy presente en el buen teatro.

Sí, el teatro, nuestro teatro, es un riesgo que sacude las rutinas, que nos pide lo mejor de nosotros mismos. Es una semilla, pequeña como un grano de mostaza, que plantamos con ilusión y que todos, familia y colegio, debemos regar y cuidar para que un día dé fruto. Y es que ojalá ese día nuestros niños sean capaces, por iniciativa propia, de hacer dos horas de cola para conseguir una entrada de pie, por cuatro euros, en la ópera de Viena.

Mayte López – Tutora de Educación Primaria

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