Poco antes de trasladar las aulas a casa, junto con algunos compañeros tuve la oportunidad de escuchar una reflexión que hoy volveré a hacer mía: «Un profesor lo es el cien por cien de su tiempo». Estas palabras, hoy con un sentido totalmente nuevo, regresan a mí cada día en esta cuarentena para recordarme que no importan ni el lugar ni las circunstancias. Entendí desde una perspectiva nueva un mensaje que el colegio intenta transmitir a los alumnos desde, por lo menos, el momento en el que pisé un aula de este colegio como alumno en el año 2011: La esencia educativa ocurre principalmente en un espacio físico, pero no reside en él.

Filósofos como Sócrates, Abelardo o Rousseau, todos ellos maestros, entendieron a través de conversaciones y viajes que la esencia de la educación no residía en otro que en aquel que está dispuesto a ser educado. He aquí el vínculo real con el alumno: el que sabe algo y el que quiere saberlo. Muy pronto un profesor se da cuenta de que el verdadero milagro no es enseñar ni su materia ni los aspectos más básicos de la vida, sino encontrar la forma de despertar en el alumno ese afán por querer descubrir y descubrirse dándose cuenta de la necesidad del otro: familia, amigos, profesores…

A día de hoy, han cambiado muchas cosas. La interacción entre los alumnos, el ambiente cargado de las aulas a las cuatro y media, las manos manchadas de tinta azul y tantas otras que ya sabemos; pero no la educación. Como decía antes, la labor educativa consiste también en encontrar la forma y tocar tantas teclas como sea necesario hasta dar con la correcta y, pese a que las circunstancias obligan, quedo asombrado por la respuesta de nuestros alumnos que demuestran una vez más que también hoy es tiempo de educar en su sentido más pleno.

Xavier Roca Ticó – Tutor de la ESO

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