Cuántos de nosotros no nos hemos parado un momento a pensar lo que damos por supuesto cuando lo tenemos todo a nuestro alcance. Fácilmente la rutina puede volverse monotonía; la excepcionalidad, normalidad; el imprevisto, molestia; la grandeza, mediocridad. Cuando la costumbre hace mella en nosotros, parece que las cosas pierden el brillo que nos cautivó en otro momento. Pero basta un pequeño sacudimiento para despertar de nuestra ensoñación…

Y al haber despertado, me pregunto qué es de mis días ahora. ¿Monotonía? No… ¿Normalidad? Tampoco…. ¿Molestia? No lo voy a negar, quizás haya algunos momentos… Pero lo que está claro es que yo, como vosotros, he sido llamada a afrontar un reto.  Porque nos guste más o menos la situación, es un reto en toda regla. Y no deja de ser una oportunidad, si le dejamos espacio. Esperar simplemente a que termine todo es conformarse con muy poco, puede hacernos perder de vista que detrás de este valle sinuoso hay algo escondido.

En mi caso, lo que me ha permitido estar atenta y vigilante, renunciando a toda pasividad ha sido el trabajo. Ante una primera semana cargada de agobio, por problemas técnicos, errores varios y una innumerable repetición de tomas en busca del vídeo perfecto -que nunca llegó-, y con una perspectiva de futuro incierta, tuve una especie de iluminación, si así se le puede llamar. Caí en la cuenta de que había dos lugares en los que se me reclamaba a salir de mí misma y construir el mundo. El primero, más inmediato, mi familia, con la que convivo estos días. El segundo, aunque suene extraño por ser a distancia y a través de una pantalla, las clases. No veo a mis alumnos, no sé qué cara ponen cuando les explico Ockham, Maquiavelo, Descartes o las Rimas de Bécquer, pero no puedo dudar que haciendo lo que hago estoy cumpliendo la tarea que se me ha encomendado, y esto dota de sentido los días de confinamiento.

Laura Muñoz – Tutora de Bachillerato

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