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Este último tiempo dentro de este confinamiento me acuesto extrañamente feliz. Pienso, ¿pero cómo puede ser? Es un tiempo doloroso y complicado, y además estás privada de muchas cosas que antes solías hacer y que disfrutabas…

Lo cierto es que no poder salir de casa y bajar el ritmo de los quehaceres diarios y encuentros sociales habituales me ha obligado a estar más presente en lo que hago durante mi jornada.  A prestar más atención.

Esto me ha sucedido sobre todo en el trabajo. Curiosamente las renuncias que se nos piden estos días y los límites que me encuentro me han devuelto el gusto y sentido de mi vocación educativa.

Me di cuenta hace un par de semanas al inaugurar la primera clase en directo con mis alumnos de seis años. Ahora ya no hay posibilidad de vernos, de ir al colegio y de estar juntos. Tan acostumbrados que estábamos a ello y es un tesoro que cada día nos pasa desapercibido. El día de la clase me conecté nerviosa porque esperas que todo vaya bien y porque quieres hacerlo lo mejor posible. A menudo me encuentro así, pendiente solo de lo que hay que hacer y angustiada por llegar a todo. Abro la reunión y escucho las voces emocionadas que dicen: Bea te echo de menos, Hola Bea, Bea te quiero mucho, Bea qué guapa estás, Bea se me ha caído un diente, … Pensaréis «Bueno, es normal, son niños», pero yo entendí agradecida lo que me estaban queriendo decir. En un instante la sencillez de un niño te recuerda lo que es más importante cuando estamos en clase. Lo más bello para un maestro es encontrarse con su alumno, la relación que se establece entre ambos.

Este pequeño suceso me está ayudando a afrontar las jornadas cuando me encuentro con la cabeza llena de todo lo que tengo que hacer. Entonces, pienso en la mirada de mis alumnos y recupero el regalo del momento presente. Todo adquiere un sabor nuevo cuando vives como un niño, recibiendo y acogiendo el amor que entra en tu vida todos los días. Solo así todo lo que haces, todo tu esfuerzo, todo tu tiempo cobra sentido porque se llena de pasión y entrega, se vuelve respuesta, un acto de amor.

Parece obvio, pero qué rápido lo olvidamos… necesitamos ocasiones como éstas para volverlo a aprender.

Beatriz Pich Aguilera – Tutora de Primaria